Monstrua
Un ensayo sobre lo femenino monstruoso, la identidad y el cuerpo.
Ahí va la Monstrua.
Con la espalda jorobada, la Monstrua camina por el pueblo. Tiene colmillos por dientes, garras por uñas y una cola le nace por encima de las nalgas. La Monstrua vive sangrando. Sangra tanto de entre las piernas que toda su ropa, sin importar cuán nueva, siempre termina manchada. La sangre es un recordatorio de que la Monstrua carga un dolor como pena.
El castigo le habita el cuerpo. Siempre. Siempre. Siempre.
I. El nacimiento de la monstrua
La Monstrua no nace mala: la hacen monstruo por existir fuera de los límites de lo aceptable.
A lo largo de la historia se han nombrado como monstruos a mitos o figuras femeninas que se rebelaban contra el ideal. Desde Lilith, primera esposa de Adán según la tradición judeocristiana, hasta Carmilla, una vampira que desea, la mujer ha sido fruto de prohibiciones. De esta manera, cada monstruo femenino ha reflejado miedos sociales sobre lo femenino, pero también sobre la ausencia de este. En palabras de Jeffrey Cohen (1996), “el monstruo es la encarnación del límite; su cuerpo es un mapa de los miedos culturales.”
Por tanto, lo monstruoso femenino nace para señalar aquello no puro, estético o que atenta contra la imagen de la mujer ideal.
Pero, ¿quién define lo aceptable? ¿Quién marca el límite que trasgrede lo esperado?
Todas las personas lo hacemos desde el momento en que le enseñamos a las niñas que la censura es cotidianidad, que el placer es un pecado y que el cuerpo es un templo para el otro, pero nunca para una misma.
Medusa no siempre fue monstrua. A Medusa la convirtieron en una. Se dice que fue víctima de la violación de Poseidón en el templo de Atenea. En lugar de castigar al agresor, Atenea transformó a Medusa en monstruo: su cabello se convirtió en serpientes y su mirada petrificaba a quien la mirara. El terror que Medusa inspiraba no surgía de su voluntad, sino del miedo de los demás a su poder y su sexualidad. Así, la injusticia se convirtió en monstruosidad visible, marcada en el cuerpo.
¿A cuántas mujeres hemos monstruoficado?
Como Medusa, la Monstrua nace de la violencia. Ese cuerpo sangrante y adolorido se convierte en un castigo impuesto. Lo monstruoso no está en la mujer, sino en lo que ella representa para la sociedad: poder, sexualidad, independencia, diferencia. Medusa es temida por su mirada; Lilith, por su independencia; la Monstrua, por su cuerpo que sangra y que no se somete.
II. Cuerpos, deseos, vergüenzas
Cuando pienso en la monstruosidad, en automático pienso en el cuerpo. En ese cuerpo feminizado y prieto que, desde pequeña, reconoce su piel como un monstruo encadenado. Orillado a odiar aquello que le nace de entre las piernas. Obligado a aceptar la violencia, pero nunca a actuar sobre ella.
Cuando pienso en monstruos, no pienso en figuras fantasmagóricas que habitan una casa embrujada. Pienso en la oscuridad de la calle cuando camino a solas. Pienso en lo fácil que alguien podría convertir mi cuerpo en alimento para gusanos.
Cuando se es mujer, el monstruo habita afuera, pero también adentro.
Adentro: en una sociedad que nos ha definido como limpias, puras y pulcras, el cuerpo se convierte en una contradicción de nacimiento. Castigamos el pelo que nos crece bajo las axilas, el sudor que transpiramos, la sangre que nos baja cada mes, los pedos tan impropios. Vivimos al asco cada vez que existimos en nuestros cuerpos, pero nos negamos a causar repulsión.
El cuerpo, a solas, es tanto excusado como manantial. Es asco y deseo. Mugre y pulcritud. Placer y castigo. El cuerpo femenino es una dicotomía constante, condenado a ser perfecto y a rechazar su propia imperfección. En el imaginario colectivo, es imposible que mujer y heces coexistan en la misma oración. Porque las mujeres somos limpias, puras y pulcras.
Eso es la abyección. Según Julia Kristeva: “no es la falta de limpieza o de salud lo que crea abyección, sino lo que perturba la identidad, el sistema, el orden. Lo que no respeta fronteras, posiciones, reglas.” El cuerpo femenino es intrínsecamente abyecto; su sangre, sus fluidos, su pobredumbre, su cadáver.
Lo abyecto es todo aquello que nos recuerda que somos materia viva y mortal, que no somos puramente racionales ni divinos.
Ese es el problema: en nuestra sociedad, las mujeres hemos sido divinizadas, pero nunca en calidad de diosas, lo suficiente para ser dignas de deseo y aspiración. Como una imagen a la que perseguir, pero tan pronto se alcanza, pierde su poder.
En esta imagen, la menstruación no forma parte de la pintura, mucho menos el parto y ni hablar del sexo. La mujer que desea es peligrosa. Se convierte al instante en monstrua y, si decide actuar sobre ese deseo, deja de ser virgen, pura o dócil. Como Lilith quien fue expulsada del Edén no por desobedecer a Dios, sino por negarse a someterse sexualmente a Adán. Así, el deseo maldito se transforma en una herencia que cargamos las mujeres a lo largo de la historia.
En el orden simbólico social, el cuerpo femenino es un signo de impureza y pureza. Es en esa contradicción donde se encuentra la condena.
III. Razas, clases, cadenas
Hay mujeres que, en los ojos de la sociedad, ya nacen monstruas. Esas que desde su nacimiento retan el idealismo de lo femenino hegemónico: europeo, gringo, blanco.
Las mujeres racializadas, aquellas que son socialmente percibidas y tratadas como pertenecientes a un grupo racial o étnico no blanco dominante, ya nacemos como la otra mujer, la no mujer, la monstrua.
Las mujeres negras, indígenas, migrantes, pobres o disidentes cargan con una monstruosidad impuesta; una que se hereda, señala y marca. Así, la monstruosidad adquiere una nueva cadena: la estructural. En una sociedad que jerarquiza al ser humano, la raza y la clase son los principales peldaños de los que una no puede huir. No se puede escapar de la propia piel ni negar la injusticia marcada por el capital o la falta de este.
Antes que América fuera América, fue Abya Yala. Nombrada así por los pueblos Kuna antes de la colonización. Una tierra que, fruto vivo, pasó a estar marcada por la violencia y la transgresión de la conquista.
Ahí, la mujer indígena se convirtió en mujer bárbara. La mujer mestiza, en prueba viviente de la mezcla impura. La mujer negra, en cuerpo obligado a servir.
María Lugones escribe que: “la colonialidad del género no solo impuso un sistema jerárquico, sino que deshumanizó a las mujeres no blancas, ubicándolas fuera de la categoría misma de mujer” (2008). Es decir, no solo fuimos oprimidas: fuimos borradas del ideal de humanidad.
Ahí comenzó la genealogía de nuestras monstruas. La mujer racializada fue el primer cuerpo sobre el que se ensayó la colonización. Su cuerpo demonizado, su lengua callada, su deseo controlado. Para la mujer latinoamericana, observar la violencia es observarse el cuerpo, el despojo del nombre y la herida generacional de no sentirse humana.
Las cadenas de la raza no solo oprimen, sino que revelan qué cuerpos sostienen nuestra sociedad. Qué cuerpos limpian, cuidan, crian, cultivan y cocinan. En Abya Yala, las monstruas no viven en la oscuridad; habitan los mercados, las cocinas y las esquinas de las calles. En una América Latina en donde nadie conoce sus raíces, la mujer racializada encarna una amenaza para el orden, porque su sola existencia prueba que los límites de pureza racial y moral son una ficción.
Por eso las negras, las indias, las trans, las prietas, las pobres, las putas, las gordas, las lesbianas son catalogadas como monstruas. Porque desde su existencia ya están resistiendo a la norma. Y eso asusta.
IV. Violencia y castigo
Si hablamos de monstruosidad, también tenemos que hablar de domesticación. Toda mujer que retó el orden simbólico fue violentada, silenciada o reescrita. El ejemplo más claro es la cantidad de mujeres chamanas, médicas, alquimistas, parteras o científicas que fueron catalogadas como brujas por atentar contra lo que se esperaba de ellas: domesticación.
En palabras de Silvia Federici, en Calibán y la bruja (2004): “la caza de brujas fue el primer intento de disciplinar el cuerpo femenino, de romper su poder colectivo y de someterlo a las nuevas formas de control social.”
Entonces, aquel cuerpo femenino contradictorio se convierte en un territorio a conquistar, colonizar y controlar. Un cuerpo que debe aprender, a punta de violencia, que la rebeldía se paga con la deshumanización, con la etiqueta de monstruo.
Pero la violencia no queda ahí. Como humana o monstruo, la mujer aprende que el dolor es una segunda piel. En Latinoamérica, el cuerpo feminizado se desaparece, se viola, se mata, se tortura… solo porque sí. Porque se puede. Según la CEPAL, en 2023 fueron asesinadas al menos 3,897 mujeres por razones de género, casi 11 cada día. En 2024, la cifra aumentó a 4,855, es decir, aproximadamente 13 feminicidios diarios. Además, alrededor del 25% de las mujeres han sufrido violencia física o sexual por parte de sus parejas, y el 12% han sido víctimas de violencia sexual fuera de la pareja (CEPAL, 2023; PAHO, 2023).
Eso enseña la cultura patriarcal y la historia, cíclica, se repite. Se vuelve cotidiano pensar en el cuerpo como cadáver: en la mujer que aborta como criminal; en la mujer violada como merecimiento.
La violencia, entonces, no solo se ejerce sobre el cuerpo, sino que se enseña. La pedagogía de la violencia se propaga con naturalidad. El castigo se sofistica, pero no desaparece. Está en la brecha salarial, en los titulares que romantizan el feminicidio, en los sistemas que niegan justicia. Está en las leyes que aún deciden sobre el útero ajeno, en la glorificación de quien mata a una mujer, o en la pornovenganza que castiga a partir del control de la intimidad.
Aún así, la Monstrua no muere ni se acepta domesticada, porque, en una sociedad que la marcó como lo otro, comprende que su enajenación de la femineidad idealizada es, en realidad, su ticket a la libertad y a la autonomía.
V. Soy la Monstrua
Yo soy la Monstrua y he pasado la vida intentando no serlo. Bruja, por amar el conocimiento ancestral. Frankenstein, por habitar un cuerpo mutilado para encajar. Caníbal, por devorar mi deseo para no incomodar.
Soy la Monstrua que sangra y que ha pensado en su menstruación como un castigo. Cuando, en realidad, es un proceso que le recuerda que, a pesar del dolor, sigue viva. Aferrándose al mundo con colmillos y garras.
La Monstrua que fue orillada a creer que en su monstruosidad no había humanidad. Cuando es en ella donde más humana ha sido. Donde más imperfecta se ha permitido.
Ser la Monstrua es aceptarse dicotómica: luz y sombra, herida y renacimiento. Es mirarse la carne y reconocerla propia. Es saber que en mi monstruosidad también hay verdad, y que el miedo que provoco es solo el reflejo del miedo ajeno a la libertad.
Aceptarse Monstrua es resignificar al cuerpo y hacer que la culpa cambie de bando. Es nombrarse víctima, pero también victimaria. No es solo una reconciliación con la mujer animal; también es resistencia frente a la domesticación del cuerpo.
Cuando me nombro Monstrua, me libero de la perfección. Reconozco mi sombra. Observo mis demonios frente a frente y, como una plegaria, los cuento con los dedos. Porque aceptarme Monstrua es aceptarme vengativa, mala, rencorosa, sujeta del deseo, humana.
Octubre llega con su aire oscuro y nos invita a mirar de frente lo que a veces preferimos callar: los monstruos que habitan dentro y fuera de nosotras. Este mes, en el club, vamos a escribir desde el miedo, no para quedarnos atrapadas en él, sino para transformarlo en materia creativa.
Este mes nuestro tema será MONSTRUA, un recorrido por el terror como género literario y como lenguaje simbólico. Hablaremos desde el terror a través de la historia hasta monstruos literarios famosos como la bruja, los fantasmas, las casas embrujadas, etc.
💀 ¿Cómo lo haremos?
🔮 Taller 1: Mujeres monstruo
Domingo 12 de octubre · 10:00 – 12:30 AM
Introducción al terror, recorrido por monstruos literarios, la mirada femenina en el terror y primer ejercicio creativo para invocar a tu propia “monstrua interior”.
🏚️ Cápsula creativa: Casas embrujadas y lo siniestro
Miércoles 15 de octubre (actividad asincrónica)
Un disparador para convertir lo cotidiano en escenario inquietante. Tu casa, tu cuarto, tu mesa: todo puede volverse territorio de lo siniestro.
🌑 Taller 2: El cuerpo monstruoso
Domingo 19 de octubre · 10:00 – 12:30 AM
Exploraremos la memoria corporal y las sensaciones como material para escribir escenas terroríficas. El cuerpo como espacio que recuerda, teme y crea.
🕷️ Reto de escritura de 5 días: Diario monstruoso
Del viernes 24 al miércoles 29 de octubre.
Cinco días, cinco desafíos: invocar monstruos, habitar espacios siniestros, escribir desde el cuerpo, mostrar el miedo sin nombrarlo.
Este mes será una invitación a abrazar lo siniestro, jugar con lo oscuro y transformar el miedo en palabra.
Después de un mes sin publicar regreso con esta pieza que es muy íntima. Gracias por seguir aquí. Si quieres dejarme qué te pareció el artículo de hoy, déjalo en los comentarios.
Con amor, Blanca.
Referencias bibliográficas
Cohen, J. J. (1996). Monster theory: Reading culture. University of Minnesota Press.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2024, noviembre 22). Al menos 11 mujeres son víctimas de feminicidio cada día en América Latina y el Caribe. https://www.cepal.org/es/comunicados/al-menos-11-mujeres-son-victimas-feminicidio-cada-dia-america-latina-caribe
Federici, S. (2004). Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños.
Kristeva, J. (1982). Powers of horror: An essay on abjection (L. S. Roudiez, Trans.). Columbia University Press.
Lugones, M. (2008). Colonialidad y género. En Hipatia, Revista Latinoamericana de Filosofía (23), 149-172.
Organización Panamericana de la Salud (OPS). (2023). Violencia contra la mujer. https://www.paho.org/es/temas/violencia-contra-mujer




Cada vez me dejas más sorprendida con tus escritos
Oh, le presté atención a mi "monstruita" (mi gata) y no me di cuenta que el comentario no se publicó. Intentando recapitular, expresé mi admiración ante tus palabras y lo bien citadas que están las fuentes. Me parece un trabajo con un valor sociológico grandísimo (Sociología lover, perdón); y también había dicho algo de cómo me hace hervir la sangre saber que trabajos como este son menospreciados, a veces sin ser leídos o sin ser entendidos, sólo porque el eje somos nosotras.
Ahora sí, cruzo los dedos para que se publique y vuelvo a mimar a la "monstruita"